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 | Por Doug Culp

El legado perdurable de los concilios ecuménicos

Siempre que la fe, la moral o la disciplina eclesiástica se han visto seriamente cuestionadas, los concilios ecuménicos han reunido a los obispos de la Iglesia universal para aportar claridad y encontrar soluciones. El nombre de estos concilios proviene de la palabra griega oikoumene, que significa “el mundo habitado en su totalidad”.

Estos concilios han formado parte de la vida de la Iglesia desde sus inicios. Por ejemplo, el libro de los Hechos de los Apóstoles (cap. 15) relata la historia del primer concilio “ecuménico”, el Concilio de Jerusalén. Conocido generalmente como el Concilio Apostólico, este concilio reunió a Pedro, Santiago, Pablo y Bernabé para debatir si se debía exigir a los gentiles convertidos en la comunidad cristiana primitiva que observaran la Ley mosaica.

 

La autoridad de los concilios ecuménicos

Los decretos de los concilios ecuménicos son vinculantes para todos los cristianos. Dado que las enseñanzas de un concilio ecuménico representan a todos los obispos del mundo (incluido el papa, el obispo de Roma), están protegidas contra el error por el Espíritu Santo. Si bien el carisma de la infalibilidad no se extiende a las cuestiones disciplinarias, que por naturaleza son mutables, los decretos de los concilios ecuménicos gozan de autoridad suprema.

Curiosamente, de los 21 concilios ecuménicos celebrados desde el Concilio Apostólico de Jerusalén, la mayoría de los cristianos —incluidos los protestantes y los ortodoxos— aceptan los primeros entre tres y siete, aunque por motivos distintos. En términos generales, los protestantes, que solo reconocen la autoridad de las Escrituras, aceptan estos concilios porque consideran que enseñan una teología bíblica auténtica. Por el contrario, las iglesias ortodoxas, para quienes el papel y la autoridad del papa han sido durante mucho tiempo objeto de controversia, consideran que los concilios posteriores al séptimo, en particular el Segundo Concilio de Nicea (787), son básicamente concilios occidentales. Con algunas excepciones, los obispos y patriarcas orientales no participaron en los concilios convocados por la Iglesia Católica tras el Gran Cisma de 1054.

Un legado perdurable

Los frutos de los concilios ecuménicos siguen tanto definiendo como configurando la comprensión y la práctica de la fe por parte de la Iglesia en la actualidad. Por ejemplo, el Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, defendió la divinidad de Cristo frente a la afirmación de que Jesús era una criatura, aunque fuera la más elevada. Nicea confirmó en su credo que Jesús es “Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”.

El Concilio de Constantinopla (381) afirmó la divinidad del Espíritu Santo y completó el credo formulado en Nicea, que seguimos recitando cada domingo en la Misa. El Concilio de Éfeso (431) declaró a María Theotokos (Portadora de Dios) en respuesta a la herejía nestoriana, que sostenía que ella era madre únicamente del hombre Jesús, y no del Cristo divino. Aunque no es la fuente de la divinidad de Jesús, el concilio decretó que María era la madre de toda la persona de Jesús, humana y divina. La rica herencia de la devoción mariana en la Iglesia debe mucho a este concilio en particular.

Muchas prácticas o enseñanzas que hoy damos por sentadas tienen su origen en decisiones tomadas en concilios ecuménicos de hace mucho tiempo. Por ejemplo, podemos tener estatuas e íconos en nuestras iglesias y hogares porque el Segundo Concilio de Nicea (787) condenó el iconoclasmo, una herejía que sostenía que crear y venerar imágenes sagradas constituía idolatría. Al hablar de la Eucaristía, solemos utilizar la palabra transubstanciación, sin saber que fue el IV Concilio de Letrán (1215) el que nos proporcionó este término para describir cómo la Presencia Real de Jesús se pone a nuestra disposición en la Eucaristía.

Algunos concilios contribuyen a la reforma de la Iglesia y nos ayudan a volver a centrarnos en nuestra misión fundamental. Convocado como respuesta a la Reforma protestante, el Concilio de Trento (1545-1563) reafirmó la eficacia e importancia fundamental de los sacramentos, la autoridad papal y la veneración de los santos. Asimismo, puso fin a la venta de cargos eclesiásticos y de indulgencias. Reafirmó que somos salvados por la gracia mediante la fe y estableció seminarios para la formación de los sacerdotes.

Por supuesto, el concilio ecuménico más reciente fue el Concilio Vaticano II (1962-1965). El Vaticano II tuvo como objetivo acercar a la Iglesia al diálogo y a la realidad del mundo moderno. Para ello, su enfoque se basó en el aggiornamento (actualización) y el ressourcement (retorno a las fuentes). El concilio elaboró documentos tan notables como Lumen Gentium, Gaudium et Spes, Dei Verbum y Nostra Aetate. La labor de implementación del Concilio Vaticano II continúa hasta el día de hoy, ya que el papa León XIV anunció recientemente una serie de catequesis sobre el Vaticano II para sus audiencias de los miércoles.


 

Los concilios ecuménicos

  1. Nicea I (325)
  2. Constantinopla I (381)
  3. Éfeso (431)
  4. Calcedonia (451)
  5. Constantinopla II (553)
  6. Constantinopla III (680-81)
  7. Nicea II (787)
  8. Constantinopla IV (869–70)
  9. Letrán I (1123)
  10. Letrán II (1139)
  11. Letrán III (1179)
  12. Letrán IV (1215)
  13. Lyon I (1245)
  14. Lyon II (1274)
  15. Vienne I (1311–12)
  16. Constanza (1414–18)
  17. Basilea, Ferrara, Florencia y Roma (1431–45)
  18. Letrán V (1512–17)
  19. Trento (1545–63)
  20. Vaticano I (1869–70)
  21. Vaticano II (1962–65)

 

El papa Juan Pablo II sobre la “novedad” del Concilio Vaticano II

“Se piensa con frecuencia que el Concilio Vaticano II marca una época nueva en la vida de la Iglesia. Esto es verdad, pero a la vez es difícil no ver cómo la Asamblea conciliar ha tomado mucho de las experiencias y de las reflexiones del período precedente, especialmente del pensamiento de Pío XII. En la historia de la Iglesia, ‘lo viejo’ y ‘lo nuevo’ están siempre profundamente relacionados entre sí. Lo ‘nuevo’ brota de lo ‘viejo’ y lo ‘viejo’ encuentra en lo ‘nuevo’ una expresión más plena. Así ha sido para el Concilio Vaticano II y para la actividad de los Pontífices relacionados con la Asamblea conciliar, comenzando por Juan XXIII, siguiendo con Pablo VI y Juan Pablo I, hasta el Papa actual” (Tertio Millennio Adveniente, 10 de nov. de 1994).


Doug Culp es el director de operaciones de las Obras Misionales Pontificias de Estados Unidos.

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