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 | por Doug Culp

Gracia

 

La palabra “gracia” se utiliza con frecuencia en la iglesia. Pero ¿qué entendemos realmente por ella? ¿Y qué importancia tiene este concepto para nuestra vida de fe? Como veremos, la gracia constituye el núcleo de toda la vida cristiana.


Una participación en la propia vida de Dios 

El Catecismo comienza con una afirmación sorprendente: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada” (1). En otras palabras, el Dios infinito e invisible desea compartir su propia vida con las criaturas finitas que él mismo ha creado. Pero entre Dios y nosotros existe una diferencia infinita, por lo que él mismo tiene que salvar esa distancia, elevando nuestra humildad para que podamos participar de la vida divina.

La palabra que utilizamos para describir la forma en que Dios nos concede una parte de su vida divina es “gracia”. La gracia es la ayuda gratuita e inmerecida que Dios nos brinda para que podamos responder a su llamada a la vida eterna en comunión con la Trinidad. 
 

Profundizando en la gracia

A través del bautismo, recibimos el don de participar en la gracia o el favor de Cristo. Esta gracia de Cristo, una vez más, es un don inmerecido de la propia vida de Dios. A través del bautismo, nos convertimos en hijos e hijas adoptivos del Padre, y el Espíritu Santo viene a morar en nuestras almas, realizando la sanación del pecado y santificándonos. Como lo expresa el Catecismo, recibimos la gracia santificante o deificante en el bautismo. Dado que esta gracia santificante es un don de “disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios”, también se la denomina gracia habitual (2000).

Por el contrario, cuando Dios interviene en cualquier momento del proceso de santificación, la Iglesia denomina a esas gracias “gracias actuales”. Por ejemplo, además de la gracia santificante, que recibimos en el bautismo, Dios también actúa a través de las gracias actuales para impulsarnos hacia la conversión. Consideremos, por ejemplo, a un adulto converso a la Iglesia. La fuerza interior que comienza a impulsarlo a plantearse preguntas más profundas —y que le lleva a acudir a la Iglesia y a buscar el bautismo— es, en sí misma, ya una obra de gracia: “La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia” (CIC 2001).

En todo momento, Dios ofrece su gracia a todas las personas, incluso a quienes están fuera de la Iglesia. Lumen Gentium, la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, habla de las personas “quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo”. Estas personas que “buscan … a Dios con un corazón sincero” están “bajo el influjo de la gracia” y “en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia”. En este camino, la Divina Providencia “tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa… con su gracia se esfuerzan por llevar una vida buena” (16).

 

Dones para el pueblo de Dios

Al mismo tiempo, nuestra pertenencia a la Iglesia nos abre la posibilidad de recibir muchas otras gracias, que obtenemos en los demás sacramentos y a través de nuestra participación en la vida de la Iglesia. Al igual que en el bautismo, cada uno de los sacramentos conlleva gracias propias. Un rápido vistazo a los apartados del Catecismo sobre los efectos de cada sacramento nos ofrece una perspectiva clara de la inmensa gracia que se nos ofrece en estos encuentros sacramentales con el Señor.

Otro tipo específico de gracia que Dios derrama sobre los bautizados son los carismas. Los carismas son gracias especiales destinadas a la edificación de la Iglesia. La Escritura habla de los dones carismáticos de sabiduría, conocimiento, fe, sanación, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas e interpretación de lenguas (1 Cor 12, 8-11), aunque esta lista no pretende ser exhaustiva. Sin duda, se pueden discernir otros carismas en las vidas de los santos a lo largo de la historia de la Iglesia.

Las gracias de estado son otras gracias especiales que acompañan al ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios de la Iglesia. Por ejemplo, el cargo papal cuenta con gracias específicas (como la infalibilidad) que son propias de esa función y redundan en beneficio de toda la Iglesia. Por supuesto, todas las gracias están al servicio de la caridad.
 

Gracia sobre gracia

Lo que queda claro es que toda nuestra vida como seres humanos está, por así decirlo, “bañada en la gracia”. “Y de su plenitud, todos hemos recibido gracia sobre gracia”, nos dice el evangelista Juan (1,16). Incluso en los momentos de pecado, la Escritura nos asegura que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). Sea cual sea nuestra situación, Dios siempre pone a nuestra disposición su ayuda sobrenatural, mientras obra para atraernos a participar de su propia vida divina. 
 

PARA SEGUIR REFLEXIONANDO

Dedique unos momentos a reflexionar en silencio sobre el siguiente pasaje de la gran obra de san Agustín, La Ciudad de Dios, libro XXI, capítulo 15:


“Porque ‘el Señor conoce a los que son suyos’ (2 Tim 2, 19) y ‘quienes se dejan conducir por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios’ (Rom 8, 14), pero por gracia, no por naturaleza. Pues solo hay un Hijo de Dios por naturaleza, quien, en su compasión, se hizo Hijo del hombre por nosotros, para que nosotros, hijos de los hombres por naturaleza, pudiéramos, por gracia, llegar a ser hijos de Dios por medio de él”.

 

“Y de [la plenitud de Cristo] todos hemos recibido gracia sobre gracia”  (Jn 1,16).


 


 

Doug Culp es el director de operaciones de las Obras Misionales Pontificias en Estados Unidos.