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 | por Father Michael Schmitz

Qué hacer cuando las quejas te invaden

 

P: Me he dado cuenta de algo sobre mí mismo. Antes era de los que se quejaban de vez en cuando, pero últimamente me he dado cuenta de que no paro de quejarme de una cosa u otra. Parece que siempre encuentro algo por lo que enfadarme, en cualquier situación y ante cualquier noticia que me encuentre. ¿Qué hago?

R: Esta es una pregunta muy importante. Creo que uno puede perder el alma por esto.

Sé que esto puede sonar un poco exagerado, pero ten paciencia conmigo.

En la Carta de San Pablo a los Filipenses, aconseja a los cristianos que “hagan todo sin murmurar ni discutir”. Esto no quiere decir que cada vez que nos quejamos o refunfuñamos estemos cometiendo un pecado mortal. Quejarse tiene aspectos muy positivos. En primer lugar, cuando hay injusticias o se cometen maldades, es necesario señalarlas. Los discípulos de Cristo deben estar dispuestos a decir la verdad, aunque esta sea impopular o incómoda. Además, hay momentos en los que una persona puede necesitar expresar su descontento interno con algo. En las relaciones humanas normales y sanas, a veces hay que dar malas noticias. A veces, estas malas noticias son tan simples como: “No me gusta esto”. Esta honestidad es realmente útil para las personas que nos rodean, siempre que se transmita de forma directa y adecuada.

Hace poco hablé con un amigo que tiene una pequeña cadena de tiendas. Me habló de un libro que había leído sobre gestión empresarial. El libro se titula Complaint Is a Gift (Las quejas son un regalo). Le dije que me interesaba leerlo, pero tras pensarlo un momento, me di cuenta de que el título del libro era también su tesis, y comprendí el valor de esta perspectiva. En esencia, cuando las personas con las que trabajas (o con las que vives, o a las que enseñas o diriges) acuden a ti con una queja, te entregan un regalo.

En primer lugar, te están dando el regalo de la confianza. Si alguien no confía en ti, no te dirá lo que le preocupa. (¡Aunque se lo contará a todos menos a ti!) En segundo lugar, cuando alguien se queja, te está llamando la atención sobre algo que no va bien; y esto podría ser algo que realmente deba arreglarse. Por ejemplo, si estuvieras a cargo del horario de trabajo, podría estar llamándote la atención sobre el hecho de que no hayas asignado a nadie para trabajar en un turno concreto. El hecho de que te lo digan es un regalo.

Por otro lado, es posible que no haya nada objetivamente malo que pueda resolverse desde fuera. En ese caso, la persona que se queja está revelando algo sobre su estado de ánimo o su punto de vista. Ahora bien, su punto de vista puede estar mal informado o incluso ser erróneo, pero si lo comparte, sabrás qué le pasa y tendrás la oportunidad de abordarlo. Sea como sea, su queja te da la oportunidad de saber algo que, de no ser por ella, no hubieras sabido.

Dicho esto, no todas las quejas son productivas. No todas tienen como objetivo ayudar. Puede llegar un momento en que quejarse resulte perjudicial espiritualmente.

Empieza por limitar nuestra mirada y percepción de la realidad. Aunque tenemos que ver las cosas con claridad (¡no se supone que veamos el mundo con optimismo ingenuo!), fijarnos solo en lo negativo es como estar parcialmente ciegos. Dejar que lo negativo domine y defina nuestra vida es convertirnos en esclavos de quien más se queja o de la voz más negativa. Lo que es peor, corremos el riesgo de convertirnos en esa voz negativa (que no es lo mismo que el profeta, que tiene que señalar las áreas en las que una persona o un pueblo necesita arrepentirse). Podríamos llegar al punto en que “nos convertimos en una queja”.

Esto me pasó hace unos años. Mis padres querían una foto de familia con todos sus hijos, yernos, nueras y nietos. Mi madre había elegido unos polos para que los llevara cada grupo familiar (ella y mi padre tenían un color, mi hermana, su marido y sus hijos tenían otro, y así sucesivamente). Tengo dos hermanos que no están casados, así que a los tres nos tocó un polo del “color de los solteros”. Era un color que normalmente no habría elegido para mí. Así que empecé a bromear al respecto. En plan “es broma”, me quejé de ello. Y al principio, me reía de verdad. Pero entonces pasó algo. Cuanto más me quejaba (aunque fuera en broma), más malhumorado me ponía y más me quejaba de verdad.
En un momento dado, incluso me di cuenta de lo que estaba pasando y empecé a decirme a mí mismo que tenía que recomponerme, pero no conseguía dejar de quejarme. Me tenía atrapado.

Esto puede pasar con cualquier “pecado pequeño”, ya sea el resentimiento, la ira, la curiosidad, el chisme, los celos o las quejas. Puede llegar un momento en el que queramos dejarlo atrás, pero no podamos, porque nos tiene atrapados.

C. S. Lewis describe este fenómeno en su libro El gran divorcio. Acaba de presenciar un encuentro increíble entre una santa y su marido, ya fallecido. La santa intenta convencer al hombre de que deje de quejarse y de refunfuñar y se vaya con ella al cielo, pero él simplemente no puede dejar de quejarse. En palabras de Lewis, el hombre se ha “convertido en una queja”. Escribe: “El infierno empieza con un estado de ánimo quejumbroso, siempre quejándose, siempre culpando a los demás… pero tú aún te distingues de eso. Puede que incluso lo critiques en ti mismo y desees poder detenerlo. Pero puede llegar un día en que ya no puedas. Entonces no quedará nada de ti para criticar ese estado de ánimo o incluso para disfrutarlo, sino solo el quejumbroso en sí mismo, funcionando eternamente como una máquina. No se trata de que Dios ‘nos envíe’ al infierno. En cada uno de nosotros hay algo que crece, que SERÁ el infierno a menos que se corte de raíz”.

La forma de salir de este infierno que yo mismo me había creado era entregarme a Jesús. Me di cuenta de que era incapaz de superar mi tendencia a quejarme. Tenía que hacer dos cosas: pedirle a Cristo que me ayudara y me perdonara, y acudir a mi familia para contarles lo que estaba pasando. Tenía que decirles que sentía mucho haberme puesto de mal humor y que estaba agradecido de que todos tuviéramos la oportunidad de estar juntos ese día. A veces, el simple hecho de reconocer que estamos bajo la influencia de las quejas es suficiente para romper su hechizo.

Por encima de todo, nos apoyamos en la gracia de Dios, pidiéndole que nos ayude a ver la verdad completa de nuestra situación y dando gracias por lo bueno que hay en ella. 




Publicado el 30 de junio de 2021

(bulldogcatholic.org). Utilizado con permiso.

Father Michael Schmitz es director del ministerio para jóvenes y adultos jóvenes de la Diócesis de Duluth, también capellán del Centro Newman de la Universidad de Minnesota Duluth.