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 | Por Jessica Miano

¿Se van a mudar? Manténgase firme en Cristo

Los estadounidenses se mudan con frecuencia. Según las estadísticas nacionales, alrededor del 11 % se muda cada año. Para las parejas casadas, una mudanza es algo más que un simple cambio de domicilio. Tanto si se trata de recién casados que se instalan en su primer hogar como de una familia en crecimiento que busca más espacio, una mudanza supone un cambio radical en su vida social, profesional, familiar y espiritual. Pero también puede ser una oportunidad para crecer espiritualmente a través de las prácticas cotidianas del amor y la colaboración.

 

Un acontecimiento importante en la vida

Cuando las parejas se mudan, dejan atrás las redes de apoyo que les brindan los amigos, la familia, las comunidades religiosas y los servicios de cuidado infantil. El aislamiento resultante puede poner a prueba el matrimonio. Si la mudanza se debe al trabajo de uno de los cónyuges, el otro puede sentir que su carrera, su identidad o sus objetivos han quedado relegados a un segundo plano, lo que puede generar tensión o resentimiento. Para los recién casados, aprender a convivir por primera vez mientras se ocupan de hacer las maletas, del viaje y de los gastos de la mudanza supone una dificultad añadida.

Den prioridad a su fe

Dar prioridad a su fe puede ayudarles a encontrar paz y equilibrio en medio de los retos que supone una mudanza. Comience por rezar con su cónyuge. La oración compartida y la individual le proporcionarán la gracia, la claridad y la sabiduría de Dios, sea cual sea el lugar al que se traslade. También les puede resultar útil pedir ayuda a los santos. Recen por la intercesión de Santa Ana, patrona de los que se trasladan, y de San Cristóbal, patrón de los viajeros, durante los momentos de transición.

Las Escrituras están repletas de pasajes en los que Dios llama a su pueblo a aceptar el cambio. Historias como la de Abraham, que abandonó su tierra natal (Gn 12,1-4), o la de Rut, que dejó atrás toda su vida para quedarse con su suegra viuda y cuidar de ella (Rt 1), nos recuerdan que el amor de Dios perdura incluso en tiempos de agitación.

El Catecismo (CIC 2204-05) enseña que la familia cristiana es una «iglesia doméstica», donde padres e hijos viven juntos el Evangelio cada día. Los grandes cambios pueden poner a prueba a las familias, pero también brindan oportunidades para profundizar en la fe en el hogar. Cuando lleguen a su nueva casa, coloquen los objetos religiosos en un lugar destacado para bendecir su iglesia doméstica. Estos gestos invitan a la presencia y a la protección de Dios en su hogar.

Una vez que se hayan instalado, busquen la parroquia más cercana que les ayude a fortalecer tanto su matrimonio como su vida familiar.

Sean comprensivos los unos con los otros

En los momentos de cambio, es importante volver a los fundamentos del matrimonio cristiano: la paciencia, el sacrificio y la entrega. Estas virtudes afianzan a las parejas en Cristo y mantienen la unidad en los momentos difíciles. Recuerden que Jesús les acompaña en cada camino. A través de Él, cualquier lugar nuevo puede convertirse verdaderamente en un hogar.


Jessica Miano es una galardonada escritora católica cuya obra se centra en la fe, el matrimonio y la vida familiar. Está casada y es madre de dos hijos.

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