El matrimonio es un testimonio de esperanza en el mundo
El matrimonio es una vocación. La palabra “vocación” proviene del latín vocare, que significa “llamar”. En otras palabras, el matrimonio es una llamada, y nuestro mundo necesita urgentemente matrimonios que vivan esta llamada con autenticidad, pasión y esperanza.
La llegada de las redes sociales e Internet ha influido, sin duda, en la forma en que interactuamos con los demás, y tal vez incluso haya generado cierta inseguridad en torno a lo que hacemos o dejamos de hacer en nuestros matrimonios. Quizás muchos de nosotros busquemos formas de enriquecer nuestros matrimonios y mantener viva la chispa, inspirándonos tanto en publicaciones como en fotos filtradas y compartidas con pies de foto cuidadosamente redactados.
Pero lo que el mundo realmente necesita ver es la auténtica alegría y el sacrificio de la vida matrimonial. Si no hay resurrección sin el Viernes Santo, tampoco hay chispa en el matrimonio sin la llama purificadora de la entrega de uno mismo que se encuentra cada vez que nos negamos a nosotros mismos por el bien del otro. Hablar con sinceridad sobre la entrega de uno mismo que exige el matrimonio hace que nuestra visión del matrimonio descienda de las nubes y vuelva a la realidad.
Esta vocación no consiste en alcanzar una falsa imagen de perfección, sino en ser una escuela de comprensión y amor. ¡Y nuestro amor debe ser apasionado! Demostramos pasión no solo en el amor sexual, sino también cada vez que aprovechamos la oportunidad de entregarnos por completo al otro. Ya sea turnándose para acostar a los niños, para que ambos puedan disfrutar de la tranquilidad una vez que estén en la cama, ir a por un café o hacer un recado para su cónyuge, los momentos cotidianos se convierten en extraordinarios gracias a la abnegación.
Cuando vivamos con este tipo de entrega auténtica, nuestros matrimonios brillarán como un faro de esperanza en el mundo: una luz en la oscuridad. Amar bien a nuestro cónyuge no es algo que hagamos solo por nosotros mismos. Es algo que repercute en todas las personas que son testigos de nuestras vidas.
El Catecismo nos recuerda que el sacramento del matrimonio tiene como fin la salvación de los demás (CIC 1534). En otras palabras, si amamos a nuestros cónyuges profunda y totalmente —si decidimos tomarnos en serio esta vocación y comprendemos que esta gracia perfecciona a cada cónyuge—, entonces nuestros matrimonios pueden convertirse en un canal para compartir la Buena Nueva del gran amor de Dios para toda la humanidad. La imagen que las Escrituras utilizan para describir cómo ama Dios a la humanidad es, al fin y al cabo, la del amor entre los cónyuges. San Pablo, por ejemplo, exhorta a los esposos a amar a sus esposas, “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25). De este modo, nuestros propios matrimonios sirven como una invitación a experimentar más profundamente lo que el amor de Dios nos ofrece a cada uno de nosotros. ¡Qué testimonio tan asombroso de esperanza para nuestro mundo actual!
“Amar bien a nuestro cónyuge no es algo que hagamos solo por nosotros mismos. Afecta a todas las personas que son testigos de nuestras vidas”.
Rachel Bulman es una mujer católica, madre de seis hijos, conferenciante, escritora y responsable de promoción editorial de Word on Fire.