Ayudar a los niños a descubrir la belleza en lo cotidiano
Es una lección de humildad darse cuenta de que no podemos llegar al cielo sin la gracia de Dios. En nuestra fragilidad y quebrantamiento humanos, Dios nos colma de sanación, fortaleza, amor inmenso y misericordia infinita, que es precisamente lo que necesitamos para la vida eterna. Es cierto que no merecemos su gracia ni podemos ganárnosla, pero Él la derrama abundantemente sobre nosotros cada día porque nos ama y desea que estemos con Él en el cielo. San Agustín dijo: “La gracia se da no porque hayamos hecho buenas obras, sino para que podamos ser capaces de realizarlas”. A continuación, se presentan algunas formas en las que podemos pedir y percibir la gracia de Dios en nuestra vida cotidiana, y enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo.
Gracia que podemos ver
Los siete sacramentos son signos visibles de la gracia de Dios, ya que podemos verlos, sentirlos, tocarlos, saborearlos y oírlos. Se representan mediante signos y símbolos que podemos identificar y con los que podemos rezar. Los sacramentales, como los rosarios, las estatuas, las Biblias y los crucifijos, pueden ofrecer a nuestras familias puntos de referencia tangibles para la oración. Estos objetos nos vinculan físicamente a los dones y las enseñanzas de Jesús, por lo que debemos ayudar a nuestros hijos a apreciar y aferrarse a la gracia que aportan.
Una sencilla petición
La gracia se nos concede para ayudarnos a ser santos en cada momento. A veces sabemos que necesitamos una gracia concreta, como la paciencia, la fortaleza o la serenidad, para ser santos. En otras ocasiones, puede que no sepamos qué gracia concreta necesitamos. Dios sí lo sabe, y lo único que debemos hacer para recibir un torrente de gracia perfecta es, sencillamente, pedirla. Enseñe a sus hijos a detenerse y orar: “¡Señor, por favor, concédeme la gracia que necesito para ser santo en este momento!”. Él siempre está atento a esa sencilla súplica y nos concederá la gracia que necesitamos. Nuestra tarea es cooperar con ella.
Los sacramentos con “s” minúscula
La gracia de Dios nos llega no solo en las celebraciones de la Iglesia, sino también en el día a día. Nuestra tarea consiste en ayudar a nuestros hijos a desarrollar una “imaginación sacramental” respecto a la vida cotidiana. Cuando rezamos y compartimos una comida, recordamos la Última Cena y los vínculos espirituales que establecemos al partir el pan. Aprender a ofrecer perdón y a mostrar misericordia lleva el amor reconciliador de Cristo a nuestras relaciones familiares. Lavar, cuidar, atender y ofrecer compasión ante la enfermedad y las lesiones hace que el toque de sanación de Cristo esté presente en medio de los dolores de la vida. Asegúrese de expresar en voz alta cómo los momentos cotidianos nos permiten vislumbrar la gracia de Dios, siempre presente.
Cultivar la conciencia
Dios nos concede continuamente su poderosa gracia, y debemos ayudar a nuestros hijos a ver cómo él actúa, ayuda, nos recuerda y nos invita. Muéstrales cómo Dios está presente en lo cotidiano si sabemos buscarlo. Él es el desconocido que distrae a un niño inquieto durante la Misa, es la persona que nos saluda y nos da la bienvenida, es el niño que comparte su merienda o invita a alguien a jugar. Hagan de la búsqueda y el reconocimiento de su gracia una costumbre en su familia cada día.
Sheri Wohlfert es una mujer, esposa, madre, abuela, conferenciante y escritora católica. Puede leer su blog en www.joyfulwords.org.