Audio Content
Listen to this article ·

 | Por Maria Cintorino

¿Deseas rezar siempre?

¡Prueba estas breves oraciones!

El mes pasado aprendimos cuál era el secreto de los padres del desierto para rezar siempre: elevaban con frecuencia sus corazones y mentes hacia Dios pronunciando breves oraciones llamadas “jaculatorias”. San Benito siguió su ejemplo y enseñó a sus monjes que sus oraciones debían ser “puras y breves”. Esto permite al monje rezar a lo largo del día a pesar de las circunstancias; invoca a Dios para combatir las tentaciones, reza por alguien que lo necesita o pide fuerzas. Y reza mientras realiza sus tareas: al caminar, al comer, al ofrecer hospitalidad, al estudiar o al trabajar en el jardín.

Aunque es necesario reservar un rato cada día para rezar, no siempre es posible dedicarse a meditaciones largas. Sin embargo, siempre podemos rezar siguiendo el ejemplo de esos padres del desierto y monjes. Las tareas cotidianas, como preparar la comida, ir al trabajo, asistir a una reunión o incluso hacer las compras, se convierten en oportunidades para invitar a Dios a formar parte de nuestro día.

Podemos enviarle a Dios “dardos de amor” al crear nuestras propias oraciones. Empieza eligiendo una oración breve o un pasaje de las Escrituras, o crea una para recitarla a lo largo del día —quizás cada hora, o en una situación concreta del día a día (cuando te enfrentes a tentaciones, mientras conduces o incluso al coger el teléfono)—. Pueden ser tan sencillas como: “Jesús, te quiero”, “Jesús, María, José, los quiero, salven las almas” o “María, sé para mí una madre”.

Estas oraciones deben brotar de forma natural de nuestro corazón. Por eso se llaman “dardos”. Lanzadas desde lo más profundo del corazón, ascienden hacia Dios y elevan nuestros pensamientos hacia él. Al volver a ellas con frecuencia, se vuelven algo natural para nosotros. Al igual que respirar, deben hacerse sin esfuerzo, a un ritmo del alma.

A la derecha tienes algunos ejemplos de intenciones que puedes incluir en tu oración.


 

Para evitar las distracciones durante la oración:

“Señor, enséñame a orar” (Lc 11,1).

Cuando te sientes tentado a renegar de tu fe:

“Creo, ayúdame porque tengo poca fe” (Mc 9,24); “Señor: Auméntame la fe” (Lc 17,5).

Para crecer en confianza:

“Jesús, confío en ti”; “Jesús, me entrego a ti, ocúpate de ello”.

Cuando te sientes tentado por el orgullo:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador” (La Oración de Jesús).

Cuando te sientes tentado por la codicia:

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?” (Mc 8,36)

Para expresar agradecimiento:

“Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!” (Lc 1,49); “Gracias, Señor”.

Cuando necesites ayuda:

“Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt 6,11); “Oh Dios, ven en mi ayuda”.

Cuando pasas por delante de una Iglesia Católica:

“Que el corazón eucarístico de Jesús sea alabado, adorado y amado”.

Cuando pides consejo o empiezas un proyecto:

“¡Espíritu Santo, ilumíname!”

Cuando estás cansado:

“¡Señor, tú eres mi morada!”

Cuando entregues tu trabajo:

“Te entrego este trabajo con mucho cariño”.

En momentos de incertidumbre, tristeza o cuando necesitas valentía:

“El Señor es mi roca” (Sal 18,2).


Este mes, hazle saber a Dios que piensas en él con frecuencia. Elige una intención que te llegue al corazón e incorpórala a tu día a día. Anótala, ponla como fondo de pantalla de tu móvil o colócala en un espejo o en tu escritorio para que te recuerde repetirla. Cuanto más repitas este gesto de amor, más fácil te resultará rezar siempre.


Maria Cintorino es licenciada en teología. Sus escritos han aparecido en varias publicaciones, como Homiletic and Pastoral Review, Our Sunday Visitor y National Catholic Register.

Read this article in English! (Versión en ingles)