| Por Pete Burak

Permanecer en el camino estrecho

“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran” (Mt 7,13-14).

“Una persona le preguntó: ‘Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?’. El respondió: ‘Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán’” (Lc 13,23-24).

¿No es asombroso cuánto nos ama el Padre? No sólo envió a Jesús para salvarnos, sino que también nos reveló la verdad de nuestro inminente juicio. La misión salvífica de Jesús podría ser fácilmente ignorada o minimizada, si no supiéramos y creyéramos que hay dos caminos, y ambos son posibles. Jesús habla de cómo pocas personas están encontrando el camino angosto, no porque él quiera que este sea el caso, sino para que aquellos en el camino ancho se arrepientan y aquellos en el camino angosto inviten a otros a unirse a ellos. La gracia de Cristo es suficiente para vencer toda tentación. Por su Espíritu, somos hechos santos, siempre que digamos sí y cooperemos con su poder. La historia de la salvación revela hasta dónde llegará Dios para vernos libres, sanados, purificados, santificados y, en última instancia, perfeccionados. Así pues, aunque estos pasajes puedan parecer duros, deben ser recibidos con fe, tal y como Dios los reveló, originados por amor y dirigidos hacia nuestro bien.

Una vez que creemos en los caminos anchos y estrechos, surge una pregunta obvia: “¿Cómo me mantengo en el camino estrecho?”. No tengo espacio aquí para una visión general completa de lo que la Iglesia ha enseñado constantemente con respecto a vivir una vida santa y redimida, pero considera estas palabras de Jesús en Mateo y Juan:

“No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7,21).

“Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

En estos versículos se revelan dos consideraciones clave para nuestra salvación: intimidad y obediencia. Cuando nos encontramos y caminamos con el Dios vivo, experimentamos su vida, recibimos su perspectiva y comenzamos a ser transformados por sus prioridades y su poder. A través del bautismo, nos convertimos en templos del Espíritu Santo. Dios viene y habita en nosotros. La máxima expresión de esta intimidad se produce a través de la Eucaristía, cuando nos alimentamos del cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo.

Además, experimentamos la sanación y el perdón al aprovechar el Sacramento de la Reconciliación. Al pedir perdón por nuestras faltas y profesar nuestra intención de no volver a pecar, nos abrimos al perdón y a la sanación que Cristo anhela otorgar. Consciente de nuestra debilidad, Jesús nos proporciona una vía sencilla de regreso al “camino estrecho” y nos invita a seguirlo a casa. Jesús combina intimidad y obediencia cuando describe permanecer en él como una vid y sus ramas.

Para entrar en el cielo, debemos obedecer a Dios. Esto implica que hemos escuchado sus mandamientos, reconocido su autoridad y ajustado nuestro comportamiento en consecuencia. La obediencia puede ser una mala palabra en la cultura actual, pero se celebra en el reino de Dios. Obedecemos no como esclavos sin mente, sino como hijos amados que conocen a su buen Padre y creen que un día escucharán estas maravillosas palabras: “Está bien, servidor bueno y fiel … ¡entra a participar del gozo de tu señor!” (Mt 25,23).


Esta columna es del folleto de Pete Burak: What Must I Do to Be Saved? [¿Qué debo hacer para ser salvo?] (renewalministries.net).


Pete Burak es el director de i.d.9:16, el programa para jóvenes adultos de Renewal Ministries. Tiene un máster en teología y es un conferenciante habitual sobre evangelización y discipulado.

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